Wednesday, May 10, 2006

EL SALVAMENTO DE "LA PAPUCHO"

Aparece La Papucho Foto: Nestor Dieu
Amarrando los tanques. Foto: Nestor Dieu
La Papucho afuera. Hora de festejos. Foto: Nestor Dieu

10 de septiempre de 1996. Mi amigo Sebastián Leal regresaba con entusiasmo con su lancha “Papucho”. Traía buena carga de merluza de “espinel”, lo acompañaban dos amigos marineros, Samuel y el “Pato”.

Habían pasado Punta Villarino, estaban cerca del muelle profundo de San Antonio Este. El tiempo no era malo pero tampoco de lo mejor. La pesca costera en San Antonio Oeste nunca supera los 12 días al mes. Quienes trabajan sobre su mar, a veces se arriesgan navegando con rumbo desafiante, retando la suerte, construyendo esperanzas de buenas jornadas, aunque el horizonte les pinte dudosos presagios. Pero así es la Patagonia… Impredecible, salvaje, casi indomable.

Así se esculpe el marino de aquí, no desaprovecha nada, no le regala nada a la nada, sólo busca el “hueco”, se filtra en él y sobrevive con la buena fortuna que le es natural, buenas y malas temporadas.

Al entrar en la zona del puerto de San Antonio Este, se nota rápidamente el abrigo de sus costas, pero el “mar de fondo” queda, sus olas son como grandes ondas poderosas, hacen que las costas “aparezcan y desaparezcan” en el horizonte, que la embarcación trepe y se deslice y vuelva a trepar. Mientras acompañemos esta dinámica somos parte de una armonía, pero si nuestra embarcación se para, las ondas no paran, siguen con su poderoso tamaño hasta arribar a las costas, aunque tengan que llevarse al que se les interponga en el camino.

El motor se “plantó” y el mar entró por la popa como un flash, nada que pensar, nada que hacer, sólo el instinto emerge. El hombre al agua y la embarcación al fondo del mar. Casi siempre es así. Seguro es que, la naturaleza nos permite hasta el punto límite de nuestra humilde condición humana, la naturaleza no es fría ni maldita, es implacable. Nuestra tecnología todavía es una aventura a transitar, nada es seguro en la mar, le ganamos algunas batallas, eso está bien y sería bueno que jamás le ganemos la guerra, ese día será el final. La Papucho hundió su popa completamente pero por el momento su proa aún se mantenía a flote. Allí, en ese único lugar, trataban de sacarse las botas. Samuel tenía las de tipo corto, se las saca rápidamente y va a buscar los salvavidas a la cabina. Al levantar la vista ve que la radio estaba todavía encendida, aún cuando su batería se encontraba abajo del agua. Sin dudar emite un llamado de auxilio que es escuchado en San Antonio Oeste. Sebastián, mientras tanto, intentaba sacarse sus botas altas, no podía y no pudo. Se pusieron los salvavidas, la proa se hundia. Sebastián se convierte en el tripulante más vulnerable, sus botas seguían bien puestas, pesadas como lastre. Logra alcanzar un tanque de la embarcación y sus compañeros le acercan un banderín con base de tergopol, queda ahora flotando pero con movilidad casi nula. Samuel intenta abrir el traje de agua para sacarle las botas. Con desesperación usa sus dientes, su fuerza. No podía. -“Te voy a poner a hacer la plancha!!!, dice Samuel (esperaba de alguna forma poder quitarle las botas). Al conseguir esta posición Sebastián sintió el agua fría como mil agujas recorriendo ropas y piel y un peso inesperado que te empuja hundiéndote y que te dice: -“¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Me moriré? ¿Saldré de ésta?”. Inmediatamente llega la transición a la rápida adaptación de sobrevivir. Esto afina los sentidos. –“ Pará, pará Samuel!!! Me entra agua así!!!” y regresa a su anterior posición vertical. El Pato le dice a Sebastián: - “Me voy nadando hasta la costa!!!”, -“No!!! Quedate! Ya nos van a venir a buscar!!! dice Sebastián.

Cuando un buque naufraga deja en superficie muchas partes flotando, si vas a tomar alguna de ellas tendrás que ser muy rápido, la brisa, las corrientes caprichosas separan y alejan todo lo que flota.
Si embargo ese día había crédito de buena fortuna, los tres estaban juntos flotando muy cerca y aferrados a lo que había quedado de la “Papucho”

La noche ya había llegado, se encendieron las luces del puerto de San Antonio Este, también otras embarcaciones pasaban, no tan lejos, pero no escuchan ni ven. Usaron entonces los banderines y los agitaron y por fin los ven. “Cayaca” desde la lancha Papillon sube a bordo a Samuel, Pacheco desde otra lancha Mamalú, intenta rescatar a Sebastián que con sus grandes y largas botas parecía la más pesada maniobra para subirlo a cubierta, pero estaban a salvo. Habían renacido de entre las aguas, desde el lugar inesperado de la muerte.

EL SALVAMENTO
La novedad nos sorprende, nos damos cuenta que a nosotros también nos pasan y nos estremecen los accidentes, que nadie está libre, pero algo habrá que hacer. Llegué a Prefectura. Yayo, el papá de Sebastián, estaba con el jefe - el Prefecto Enrique Cornelli. Apenas saludé…para qué, necesitaba decirle a Yayo que podíamos recuperar la Papucho. Me acuerdo que el jefe me miró y me dijo, como suavizando o desdramatizando el momento: - “¡Qué vas a sacar vos…!
Tenía la autorización del papá de mi amigo y del jefe de prefectura. Me fui a la casa de Sebastián. Había mucha gente, todos pescadores y buzos. Me acerqué a Sebastián, estaba triste, pero convencido de que la había “sacado barata”. Vi pasar rápidamente a su mamá, con angustia. Tenía a su hijo, pero es difícil alejar los fantasmas de la tragedia. ¿Cuántos tipos de tragedia existen? ¿Cuáles son los grados, los contextos, los más graves, los menos graves…?
Rápidamente discutimos qué estrategias debíamos pensar, con lo que contábamos o lo que se podía conseguir.
Era época de la novedosa campaña de la pesca con espinel. Había varias plantas radicadas en la ciudad. En una de ellas conseguimos tambores de plástico de 200 litros y en otra conseguimos redes y cabos. Nos pusimos en el frente del Instituto de Biología Marina “Alte. Storni” a construir “parachutes” o “globos de salvamento” Todos los personajes más exquisitos de la pesca sanantoniense se encontraban cortando y tejiendo redes, abriendo y amarrando tanques.

Hacía más de 15 horas que la Papucho se había hundido, terminábamos más de 8 tanques de plástico de 200 litros, preparados para trabajar como globos de izaje y así levantar a superficie la embarcación.

Eran las 13.30 hs. cuando llegamos a Punta Verde, buen punto de zarpada para los gomones de Biología y del El Austral, más la lancha del legendario buzo local, Cato Rojas.

Una hora más tarde iniciábamos la búsqueda, teníamos apenas una aproximación del lugar del hundimiento, no había boyas ni enfilaciones que nos indicaran un punto determinado, nada.
La radio llamó. Era Yayo, el papá de Sebastián… -“Tony!!!!! Aquí están saliendo lobos con merluzas!!!!”. –“Ok Yayo, voy para esa...”, le contesto. Unos 50 metros antes de la zona indicada, me tiro al agua para ser remolcado por uno de los gomones. Llego al fondo, la visibilidad era buena, la corriente era poca. Me comienzan a arrastrar, casi en seguida veo una garrafa de gas y luego una bota. Emerjo para avisarle a mi compañero Sandro Acosta que se tire él también, así son cuatro ojos tratando de ver mejor. Se acerca el gomón de Biología, al aferrarme a él, Fernando Arroyo grita: -“Ahí está!!!” La leve corriente me había desplazado muy lentamente hasta ponerme exactamente encima de la lancha, -“Dame un cabo!!!!”, grité. Me sumergí y amarré la Papucho.

Se siente una sensación muy especial y extraña al ver una embarcación o buque abajo del agua, en los ríos, lagos o en el mar. Es una adrenalina asociada al misterio, será una imagen imborrable, precisa y clara en nuestra memoria. Nunca un buzo olvidará sus naufragios, de eso estoy seguro.

Con Sandro empezamos a amarrar los tanques y agregarles aire de nuestras botellas de buceo, vimos que el sistema sería exitoso y eso nos ponía bien. Momentos después llega Néstor Dieu y saca algunas fotos. Ya más relajados podíamos “ver” un poco más del entorno donde estaba asentada la embarcación. Estábamos a ocho metros de profundidad. En nuestras costas el horizonte submarino es cercano, a veces azulado y otras veces oscuro, yo lo vi muy “azulado”, nadé hasta él y pude ver que era “profundidad”. La Papucho había caído a metros del “veril” de 45 metros del canal de acceso al muelle profundo del puerto de San Antonio Este. Aún quedaba crédito de buena fortuna entre nosotros.

Cuando me asomo a superficie me encuentro con otra imagen inolvidable, las otras lanchas artesanales y nuestra querida "TEKA" al mando del amigo Armando Ullua, que como siempre están “a la orden” - el código solidario de honor de los hombres de mar- allí estaban.

La proa de la Papucho ya estaba afuera, se administraba aire para lograr cierta estabilidad y nivelación para el remolque. Estábamos contentos, Sandro con alegría juega al “piloto” con el timón, nosotros reíamos con Sebastián dentro de la cabina y la caravana avanzaba hacia la playa. En la costa había gente y amigos esperando. Nadie lo había organizado, sin embargo ya estaba un tractor enganchado al trailer de la Papucho. Un vecino, de apellido Denugues me comentó más tarde en la costa, -“Nunca imaginé que se podía reflotar una embarcación en tan poco tiempo…”. Desde que habíamos zarpado de Punta Verde, habían transcurrido dos horas y media.

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